25 de septiembre 2020

"A la memoria de Jose Ignacio Rucci"


El compañero José Ignacio Rucci nació en la pequeña localidad de Alcorta, en Santa Fe, el 15 de marzo de 1924 y comenzó su carrera gremial en la fábrica de cocinas “Catita” y continuó  en la fábrica siderúrgica SOMISA, de San Nicolás de los Arroyos. Derrocado Perón, en 1955, formó parte activa en la Resistencia Peronista.  En 1960 asumió la Secretaría de Prensa de la UOM (Unión Obrero Metalúrgica), acompañando a Augusto Timoteo Vandor (asesinado en 1969), Paulino Niembro, Avelino Fernández y Lorenzo Miguel. Cuatro años después, fue designado interventor en la seccional San Nicolás donde luego fue secretario general. En 1970, asumió la conducción nacional de la CGT en un momento en el que se decidía el retorno del General Perón a nuestra patria, en medio de las intrigas y maniobras que el gobierno militar de entonces intentaba por todos los medios para impedir el retorno de Perón a la Argentina. El 6 de julio de 1972, al ser reelegido como Secretario General de la CGT, José Ignacio Rucci,  siendo la voz de los trabajadores que rechazaban tanto al liberalismo como al marxismo como ideologías de subordinación exportadas por los imperialismos,  afirma: “nuestra filosofía política se denomina sencillamente Peronismo y cuando hablamos de Peronismo marcamos aquella línea que nos legaran nuestros mayores. En sentido nacional y rechazo a toda contaminación extranjerizante que pretenda anidarse en el espíritu de los argentinos.” Y es, en ese mismo momento histórico que Rucci no se cansa de afirmar una y otra vez en cada tribuna en que le toca hablar: “El sentimiento nacional nace en la espada de San Martín, se agita en el poncho de Rosas y se ejecuta con la doctrina de Perón”

José Ignacio Rucci era un hombre de una lealtad ciega al General Juan Domingo Perón y uno de los soportes en el que se asentaba el plan de Perón para recuperar al país de las garras del imperialismo angloyanqui, motorizar la economía e instaurar la justicia social. Cuenta la leyenda, que el viejo caudillo lo quería como a un hijo. En el despacho de Rucci había colgado un gran cuadro del general Perón, montando aquel  famoso caballo pinto. Rucci nunca dormía en el mismo domicilio porque sabía que lo estaban siguiendo y no quería ser un blanco fácil para los jóvenes de la pequeña burguesía universitaria que lo odiaban por su lealtad a Perón y porque sabían que Rucci podía convertirse en el heredero de Perón y en el primer obrero en dirigir los destinos del movimiento nacional.

 Asesinaron a  José  Ignacio Rucci, el Secretario General de la CGT, el 25 de septiembre de  1973, apenas dos días después de que  Juan Domingo Perón e  “Isabel” Perón  se impusieran en la contienda electoral del 23 de marzo de 1973, por un arrasador margen del 62% de los votos y – al borde de sellar una históricamente demorada, Unidad Nacional, en que el radicalismo que en aquel entonces pasó a denominarse  de “línea nacional”, obtuviera más de un 15% de los votos  -  se abría así la posibilidad de  un gobierno que pretendía, poner en práctica las banderas de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. Esa “política de estado” que iba a construir una Argentina potencia, una Argentina industrial con justicia social y valores espirituales que, desde el fondo de su historia, pareció siempre “imposible”  de establecer debido a la oposición de la oligarquía que funcionó siempre como brazo ejecutor del imperialismo británico.

Juan Domingo Perón - el único dirigente político elegido, tres veces presidente de los argentinos, en elecciones intachables -  se aventaba, aún con sus años, a poner en práctica aquellos principios de política de estado que, por fin, habían sido consagrados por tirios y troyanos. Nuevamente en suelo patrio el General Perón volvió a sostener, como lo había sostenido siempre, que  la “Columna Vertebral” del Justicialismo  era el “Movimiento Obrero organizado”, que sin ninguna duda los trabajadores argentinos eran el corazón del peronismo.  Sin embargo, la pequeña burguesía universitaria -que jamás había pisado una fábrica ni agarrado un pico y una pala-  se atrevió a  descalificar y a insultar a los dirigentes obreros y a las organizaciones que habían durante 18 años protagonizado, poniendo el cuerpo a las balas y a la picana eléctrica, la  heroica Resistencia Peronista. En cuanta oportunidad tenía José Ignacio Rucci no se cansaba de repetir: “lo quieren cagar al general. No son peronistas, son zurdos que vienen a quedarse con el poder y no se lo vamos a permitir. A Perón lo vamos a defender nosotros, los obreros. El movimiento sindical, es históricamente la columna vertebral del justicialismo. Ellos no han comprendido la doctrina del general y se abrazan más al marxismo". La enorme confianza que el  General  Perón,  había depositado en el  entonces  Secretario General del Movimiento Obrero Organizado el compañero José Ignacio Rucci, a quien el mismo Perón había encargado la misión estratégica de organizar la Confederación de Trabajadores Latinoamericanos para quebrar el espinazo de la dominación imperialista en América Latina,  hicieron que, la pequeña burguesía universitaria encolumnada  en Montoneros  decidiera romper esa “columna vertebral “y “golpear el corazón de la estrategia antimperialista que Perón había elaborado, “tirándole” en la cara al General, “el cadáver” del compañero José Ignacio Rucci. 

El Secretario General de la CGT era planamente consiente de los riesgos que corría su vida y solía repetir: "Sería una tontería decir que no me preocupa que me maten. Pero de ahí no pasa. Yo tengo una obligación que me impide poder detenerme…tampoco he sacado diploma de cobarde…tengo un solo temor: no ver las caras de mis asesinos.” El 25 de septiembre de 1973,  cuando el sol marcaba el mediodía, en la calle Avellaneda 2953, en el barrio de Flores, Rucci recibió 23 balazos en el cuerpo. Su asesinato había sido planificado con absoluta precisión militar. Salía de una casa donde pasaba algunas noches e iba rumbo a Canal 13 para grabar un mensaje al país tras el triunfo electoral peronista, en el que diría: “Sólo por ignorancia o por mala fe se puede apelar a la violencia, a veces rayana en lo criminal, en un clima de amplias libertades”.  

La acción comando que congelo el alma de los trabajadores fue denominada "Operación Traviata"  en alusión irónica a una muy popular publicidad de las galletitas de Bagley cuyo lema era: "La de los veintitrés agujeritos" y  fue descripta con lujos de detalles por la publicación de montoneros Descamisados que publicó: "Desde la vereda de enfrente, le fueron arrojadas varias granadas, de las cuales una, al menos, no habría explotado. Tras las granadas, Rucci y Ramón Rocha -un guardaespaldas que llegó con él desde San Nicolás- se parapetaron detrás de la puerta abierta del automóvil. Entre tanto, desde la casa en venta de Avellaneda 2951, a través de un agujero efectuado al cartel del primer piso, se le efectuaban los disparos que le ocasionarían la muerte". José Ignacio Rucci tenía tan solo 44 años y era padre de dos pequeños niños.  

Ese martes 25 de septiembre de 1973, el General Perón al enterarse que habían asesinado al compañero José Ignacio Rucci, al que quería como a un hijo,  prorrumpió en un llanto silencioso, difícil de describir. Se lo vio por primera vez al viejo general llorar en público. Aquellos 23 disparos que penetraron en el cuerpo diminuto de Rucci, no sólo asesinaron a la mano derecha de Perón, sino que significaron para el viejo General una puñalada en el corazón. El viejo general que había vuelto a la Argentina el 20 de junio concurrió al velatorio del jefe de la CGT y confió en voz baja y entrecortada a Nélida Vaglio  la esposa de Rucci: "Me mataron a un hijo". Y al irse le dijo a la prensa: "estos balazos fueron para mí; me cortaron las patas".

MAURICIO BRIZUELA (Secretario General)

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